Éste es el primer cuadro que recuerdo, y al que le tengo más cariño, crecí viéndolo diariamente, cada vez que bajaba las escaleras ahí estaba, El Temerario remolcado a dique seco (The Fighting Temeraire, 1839), de William Turner, el pintor de la luz.
El óleo representa el destino final del HMS Temeraire, un gran buque de guerra de 98 cañones botado en 1798, y que lideró la Batalla de Trafalgar, símbolo del poder del ejército inglés y que navega rumbo a su fin, una escena que el pintor vio con sus propios ojos en 1838, el momento en el que es remolcado por un barquito de vapor desde la desembocadura del Támesis hasta el desguazadero.
Es sin duda una obra crepuscular, fascinantemente romántica y repleta de significado. Bajo la superficie se encuentra una nostálgica reflexión sobre el fin del imperio inglés, de como los días de gloria ya han pasado y el que fuera el mayor símbolo del poder de su ejército realiza su último viaje: los astilleros de la flota, donde será desarmado. Es el ocaso del sol, a una hora punta, el fin del imperio, y quizá también una reflexión del artista sobre su propia vejez.
Y para acompañarlo, no se me ocurre nada mejor que la “Música Acuática” (Water Music), compuesta por Händel para un paseo que el Rey Jorge I de Inglaterra dio en 1717 en una barcaza sobre el Támesis desde Whitehall hasta Chelsea, acompañado de su séquito y de los cincuenta músicos que tocaron esta partitura durante todo el trayecto. Una obra clásica habitada por silencios y sonidos, música que intenta acercarse a ese murmullo acuático que entona el agua en movimiento, ritmos lentos que se enredan y entrelazan a sí mismos.



