28.10.07

Smile... for the camera!



Hace dos meses el periódico The Sun publicó estas imágenes del legendario músico Eric Clapton empeñado en hacer una foto sin quitar la tapa del objetivo de su Leica M8.

Me reiría a carcajadas si no fuera por que a mí, que me dedico a eso y no a tocar la guitarra, también me pasa de vez en cuando. Y siempre, siempre, la primera reacción de los fotografiados es que se parten de risa. Si sirve para que te salga una foto más espontánea, miel sobre hojuelas.

Pero esto tiene fácil solución. Quitas la tapa rápidamente y punto. No así cuando en una previ importante te quedas sin baterías, tienes todas la tarjetas llenas, de repente a la cámara o al flash misteriosamente les da por no disparar, el objetivo no enfoca ni en manual, o aparece en el panel informativo de la cámara el terrorífico "err 99". En estos casos sólo se me ocurre decir: "benditos" compañeros que te sacan del apuro.

Fotos: Rex

25.10.07

Una cita con el Sol en el desierto


Esta imagen muestra a camellos cruzando el desierto de Omán. Su autor es George Steinmetz, que la hizo mientras pilotaba un parapente motorizado, lo que le da esa insólita perspectiva. Es justamente considerada una de las mejores fotografías del año 2005, y fue publicada por National Geographic. Los camellos son realmente las pequeñas líneas blancas horizontales, las formas negras que vemos son sus sombras en la arena. Absolutamente espectacular.

En ella más que nunca se observa que la tierra solo es un reflejo de la luz que emana del sol.

Y aquí otras imágenes del mismo fotógrafo...



Como decía Napoleón, el desierto es un océano de sólida superficie. Y yo añadiría de una belleza increíble.

24.10.07

El Loco de la Colina

Hoy mi amigo Salva me envió un correo increíble pero cierto. Y este es el resultado...

Es el caso de un fotógrafo que fotografió a otro fotógrafo. Las siguientes fotos las hizo Hans van de Vorst en el Grand Canyon, Arizona. Él mismo describe las fotografías. La identidad de la persona de la foto es desconocida.


"Me quedé estupefacto al ver a este chico en el Grand Canyon. El Canyon está exactamente a 900 metros de altura, la montaña desde donde yo estoy es segura y se puede visualizar todo con el mismo paisaje. Mientras miraba atónito a este personaje con sus sandalias de playa y su trípode, me hice tres preguntas:

1. ¿Cómo “coño” ha saltado este loco de la montaña a la roca?
2. ¿Por qué no hace las fotos desde donde yo estoy, que tiene la misma vista y no hay peligro?
3. ¿Y… cómo “coño” piensa volver hasta la montaña?, ¿ saltando?

Acto seguido respira profundamente, se gira y… he aquí mi respuesta.












INCREÍBLE, el notas se dispone a saltar y encima para mi sorpresa coge el trípode bajo el brazo, como si nada, y mete un salto que me entró hasta vértigo… en ese mismo momento pensé en sus sandalias playeras, contuve la respiración, por un momento quise tirarle mis botas de montaña para su seguridad… pero no me dio tiempo.
En ese momento captó mi absoluta atención, si me ofrecen un millón de dólares, seguro que lo pierdo, no podía creer lo que estaba viviendo, y encima no podía decirle nada por si lo distraía… Mientras tanto se me hizo eterno, pero el notas saltó por fin con sus sandalias playeras, debajo habían 900 metros de altura... Cuando alcanzó la montaña, veo que se agarra con una sola mano.




Iré al grano, porque me emociono.
No quiero ser pesado, pero es que tenía una cámara, un trípode y una jodida bolsa de plástico!!!!!. Puso su vida en peligro por una jodida foto y no soltó nada de lo que llevaba!!!!!. Ahora ya puedo decir que he conocido al "loco de la colina". El notas se aguantó con una mano, tiró lo que tenía en su mano izquierda (incluida la jodida bolsa de plástico) y saltó hasta la montaña, y sin más se dispuso a seguir su ruta fotográfica, mientras yo atónito me quedé como un jodido tonto mirando como se alejaba".

Salva me recomienda ver esta secuencia de fotos y su historia con el fondo musical de The Fool on the Hill de The Beatles. Y que mejor es ir a hacer las fotos de altura desde Toralla. Y yo te voy a hacer caso, como siempre, maestro.

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23.10.07

Un premio para ti





Mi amigo Vic ha ganado un premio. Un premio tan grande que no le cabe en la cartera. El PREMIO al fotógrafo más currante de las mañanas. El más madrugón. Y que puede hacer cinco previs a la misma hora sin enloquecer. El más pacífico. Y al que le gusta más observar que parlar. Buena premisa para empezar, y mejor compañero.

12.10.07

¿Harías esta fotografía?


En marzo de 1993, el fotógrafo sudafricano Kevin Carter nada más llegar a Darfur, al sur de Sudán, se encontró en el poblado de Ayod la imagen que le acompañaría el resto de su vida.

Una niña desnutrida y moribunda de unos 4 o 5 años, que se arrastraba a un centro de refugiados a apenas 100 metros, se detuvo, exhausta, a descansar y se postró en el suelo con la nariz hundida en el polvo. En estos momentos apareció al acecho un buitre tres veces más grande que ella . Carter disparó varias veces y estuvo esperando durante 20 minutos a que el carroñero se acercara más a la niña y desplegara sus alas, aumentando así el dramatismo de la imagen. El abrazo macabro de la muerte. Pero no ocurrió nada. Pasado ese tiempo, lo ahuyentó y se fue, se sentó debajo de un árbol y se echó a llorar. Cuando regresó al lugar ya no había nadie.

La foto se publicó por primera vez en la portada de The New York Times el 26 del mismo mes, y posteriormente en la revista Time, levantando una oleada de preocupación por la suerte de la famélica niña y qué había hecho el fotógrafo para ayudarla, convirtiéndose así en su peor pesadilla.

A los periodistas se les había dicho expresamente que evitaran todo contacto con los refugiados, por el riesgo de enfermedades. Carter tuvo que reconocer que no había hecho nada: “Supongo que alcanzó el centro de distribución de alimentos de alguna forma”, fue todo lo que acertó a contestar, y que “cuando mi compañero Joao Silva y yo habíamos estado en Somalia en 1992, en medio de la hambruna, ninguno de los dos recogió a un solo chico enfermo o agonizante, aunque vimos a cientos. Los mirábamos morir y sacábamos fotos. Yo me sentí impotente cuando fotografié a un hombre cuyo último hijo se le estaba muriendo en sus brazos. Eran buenas fotos. La tragedia y la violencia son imágenes poderosas, por eso las pagan así. Algo de la emoción, de la empatía y la vulnerabilidad que nos hacen humanos se pierde cada vez que apretamos el disparador”.

Rápidamente la imagen se hizo mundialmente conocida, se convirtió en símbolo de la hambruna africana y acabó ganando un premio Pulitzer en 1994. Al recibirlo, Carter declaró que es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.

Pero el trasfondo real es más complejo.

La sensación de desesperanza y de impotencia que nos transmite es tan grande que no deja indiferente a nadie, aún cuando a estas alturas ya estamos más que vacunados contra imágenes impactantes.

Es también una de las fotos más debatidas, sobre todo cuando se habla de la ética o la implicación del fotoperiodista en las acciones que cubre. ¿Se aprovecha del horror, o lo evita? ¿Ahuyenta al buitre y auxilia, o toma la foto? ¿Es incompatible lo uno con lo otro? ¿Quién es el buitre realmente? ¿Será nuestra insensible sociedad que permite que suceda semejante aberración? Es muy difícil encontrar los límites entre lo profesional y lo humano. Una foto es capaz de decirlo todo. La niña, ella sola, no conmovería tan contundentemente. Necesita al ave de rapiña a su lado para que la foto sea impactante.

Respondiendo a la pregunta capciosa del título, yo sí haría la foto, espantaría al puñetero buitre y auxiliaría a la niña después. Sería una forma de mostrarle al mundo a qué niveles de miseria llega la vida de algunos seres humanos.

Al fin y al cabo, el fotógrafo no es responsable del horror. No lo produce. Y no puede dejar de hacer su trabajo, que es registrarlo. Creo que si una imagen sirve para despertar conciencias, se le da un nuevo significado a un oficio tan presuntamente fútil como podría ser el de un fotógrafo, un testigo que ya no sería mudo de la realidad.

La polémica continuó por otros derroteros cuando el fotógrafo español Luis Davilla visitó la aldea de Ayod unos meses después que Carter, y realizó una fotografía muy similar, pero la realidad parecía otra, pues según comentó “se encontraba allí un estercolero donde tiraban los desperdicios e iba la gente a defecar. Y como estos niños están tan débiles y desnutridos se les va la cabeza dando la sensación de que están muertos. Como parte de la fauna hay buitres que van a por estos restos", y que con un teleobjetivo se aplasta la perspectiva y se acercan los planos. Es cierto que una foto puede no reflejar las cosas tal como son. Y que es completamente subjetiva, mientras sea el ojo humano el que discierne. Y que también nos puede llevar a engaño el hecho de que capte sólo porciones de realidad. Pero lo anterior no debería desacreditar ni cuestionar la autenticidad y crudeza de la primera imagen.


Kevin Carter había empezado a documentar las brutalidades del régimen criminal del Apartheid en 1984 cuando estallaron las revueltas raciales en Sudáfrica. Pronto, él y sus colegas del Bang Bang Club (Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y Joao Silva, todos blancos) se hicieron un hueco en la historia del fotoperiodismo por su descarnada cobertura, con gran riesgo de sus vidas, de la violencia de los disturbios urbanos e injusticias. Decían que para poder hacer ese trabajo era necesario blindarse emocionalmente. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Pero esta es otra historia que me gustaría contar en otro momento.

Carter era adicto a las drogas, en concreto a la “pipa blanca”, una mortal mezcla del barbitúrico mandrax y marihuana que se fuma en el pico de una botella rota. Además era depresivo, con un primer intento de suicidio en su juventud.

Su estado se agravó cuando 6 días después de anunciarle en abril de 1994 que había ganado el Pulitzer, su mejor amigo Ken Oosterbroek muere en un tiroteo en Thokoza. En mayo del mismo año recibe el premio, y Mandela consigue la presidencia tras las primeras elecciones democráticas. Sudáfrica alcanzaba por fin la paz. Pero Carter estaba destruido, al quitarse la coraza su vida dejó de tener sentido, y se hundió en una profunda depresión. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción.

Dos meses después se quitó la vida a la orilla de un río donde jugaba de pequeño, dentro de su furgoneta y escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma. Su nota suicida, de más de ocho páginas, decía: “Estoy deprimido, sin teléfono, sin dinero... atrapado por imágenes de asesinatos y cadáveres, furia y dolor, niños heridos o muriéndose de hambre, hombres que apretan el gatillo con alegría, policías y ejecutores... Voy a reunirme con Ken, si es que tengo suerte”. Tenía 33 años.

Su compañero Marinovich intentó arrojar algo de luz: “El sentimiento del culpa quizá tenía que ver con nuestra incapacidad de ayudar. Manejar la culpa es fácil. Superar la incapacidad de ayudar es mucho más difícil, casi imposible”.

Su cámara captaba una realidad, la realidad que mata.


Y no quisiera acabar sin recordar la canción Kevin Carter de la banda galesa Manic Street Preachers, la última escrita por la aguda y certera pluma del desaparecido Richey James Edwards en 1995 y editada post mortem al año siguiente en el soberbio álbum Everything Must Go. Igual que Carter, intentó mostrar la cruda realidad, y no pudo soportar toda la mierda que existía en el mundo:

"El ojo... no puede elegir, sólo ve"

"Hola revista Time, hola premio Pulitzer
Cicatrices tribales en Tecnicolor
Bang Bang Club, hora del AK 47
...

El buitre acechaba sin cesar la mentira de la pipa blanca
Gastando tu vida en blanco y negro
...
El elefante en el que él apoya su cabeza para dormirse es tan aterrador

...
Clic, clic, clic, clic, clic
Ahógate en el clic

Kevin Carter... "

Y como un pequeño homenaje al fotoperiodista y a todos los que sufren y padecen hambruna, aquí va este vídeo.
P.D.: Al final del mismo erróneamente aparece que la foto se tomó en 1964, cuando en realidad fue en 1993.

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“La fotografía podría ser esa tenue luz que humildemente nos ayudara a cambiar las cosas” (Eugene Smith)

7.10.07

Siete mesas de billar francés

Aviso a navegantes. No creo que le interese a nadie la chorrada de este post. Por eso espero que sea una excepción. Después no se me quejen si continúan leyendo.












Una de las "ventajas" que tenemos los que trabajamos en los medios de comunicación, es que a veces nos dan regalitos en las ruedas de prensa (que yo suelo regalar a su vez, como las camisetas XXXL), nos invitan a conciertos y a estrenos de películas, y más cosillas que ya contaré... Y esta semana tocó la peli Siete mesas de billar francés, en parte rodada en Vigo. Y hasta nuestra ciudad se acercaron la directora y algunos actores para su presentación.

Y hete aquí que mi compañera del Qué! nos cogió a Rafa y a mí con las manos en la masa, colocando un atrezzo para intentar hacer una foto con "gracia" a la Querejeta, o al menos curiosa, aunque después todos publicamos la misma foto, desde ángulos diferentes, claro está.


Hasta aquí todo bien, porque en las largas esperas solemos hacernos fotos entre risas a nosotros mismos. Pero de ahí a publicarla en tu periódico como FOTO SHOW dos días después, Rosita, pues...

Muy bien, muy bien, la venganza está servida. Y como primer plato frío añado a este menú una foto que os hice currando en las alturas a ti y a Rafa, acojonado por el mismo motivo. El pobre, es que se mete en todos los fregaos.

Ya sé que no tendrá mucha repercusión, por no decir ninguna. Pero las espadas están en alto. Esto es solo el principio. El principio de una gran............... tempestad.

6.10.07

Sucedió en Manhattan


¿Cómo una imagen tan maravillosa puede darme tanto pánico? Supongo que será parecido a lo bien que lo pasan algunos viendo una peli de miedo.

Esta impresionante foto la tomó Charles C. Ebbets el 29 de septiembre de 1932, hace justo 75 años, durante los últimos meses de la construcción del RCA Building (hoy Edificio G.E., de General Electric), que con sus 266 m es el más alto de Rockefeller Center en el corazón de Manhattan, y hoy es sede de la NBC.


Luchtime atop a Skyscraper (Almuerzo en un Rascacielos) muestra a once obreros (indios Mohawk, irlandeses y canadienses) comiendo sobre una viga de acero en el piso 69 de los 70 que alcanzó el edificio, sin arneses y con los pies colgando a 255 m de altura. Esa misma planta es actualmente conocida como el Rainbow Room, un exclusivo restaurante y salón de eventos.


Cabe señalar que en el piso superior se encuentra la cubierta de observación (Top of the Rock), que se asemeja a un transatlántico, y ofrece unas vistas a "ojo de pájaro" que compiten con las del piso 86º del Empire State Building.

La imagen apareció publicada sin firmar (algo habitual en los años 30) el 2 de octubre del mismo año en el dominical del New York Heral Tribune. Pero no fue hasta el 2003 que se le reconoció oficialmente a Ebbets la autoría de la foto, durante una reclasificación del Archivo Bettman, que poseía los derechos de la misma.

Este importante archivo fotográfico lo adquirió Corbis en 1995, compañía fundada curiosamente por Bill Gates, que la relanzó masivamente junto a otras imágenes desde 1998, convirtiéndola en el clásico que es hoy día. Para algunos considerada la foto más famosa del siglo XX. A pesar de que Ebbets fue en vida un fotógrafo conocido y que publicaba en los periódicos más importantes de EE.UU., no llegó a saborear el éxito de su fotografía, que además eclipsó toda su obra, ya que murió en 1978.

Esta imagen formaba parte de un trabajo de documentación sobre la construcción del Rockefeller Center de Nueva York que realizó Ebbets en los años 30. Convertida ahora en un icono, supuso el inicio de la lucha contra la precariedad laboral de esa época de depresión. Otra de sus imágenes conocidas es Resting a Girder, que muestra a los mismos obreros echando una siesta sobre una viga tras el almuerzo.















Por todo lo anteriormente mencionado, no cabe duda que Almuerzo en un Rascacielos posee una fuerte carga documental, pero no creo que eso mismo implique que no pueda considerarse "puro arte", que no es lo mismo que "foto artística", que para mí sería una imagen preparada o sin espontaneidad. Y de hecho, una buena parte de las fotografías más importantes de la Historia y otras muchas poco conocidas, y que pertenecen al género del reportaje, son sin duda grandes "obras de arte".

Ahí se queda la pregunta de "qué puede considerarse arte y por qué"...

1.10.07

Vida de un fotoperiodista










Estoy convencida de que los fotógrafos que trabajamos habitualmente en prensa somos una especie distinta o al menos peculiar. Y únicamente por nuestra vocación, sin peligro de extinción.

La mayoría trabajamos de sol a sol, entiéndase, abierto las 24 horas. Y no se te ocurra apagar el móvil, porque los accidentes, incendios y demás imprevistos no tienen horario. Esto implica no poder hacer planes ni a corto plazo, y vives al revés del común de los mortales, porque los domingos y festivos no existen en nuestro calendario.


¿Y los sueldos? Vergonzosos, desproporcionados en sentido inverso, indignos... Y a veces con retrasos. Muchos sin contrato, ni siquiera un "contrato de mierda" tan de moda hoy en día. Pero paradójicamente perteneces a la plantilla, a la plantilla encubierta, claro. Ni se te ocurra soñar con vacaciones pagadas, ¿qué es eso?, si no curras, no cobras. Y otros muchos, cobrando por foto publicada, pero el trabajo lo haces igual. Y otros muchos más sin derecho a gastos de desplazamiento para cubrir la información. ¿Y los despidos? La mayoría sin justificación.

Nos gastamos miles de euros en un equipo decente, y por eso mismo somos víctimas propiciatorias para ser robados en cualquier descuido.

Somos acribillados a multas y sanciones, porque nos vemos obligados a aparcar en cualquier lugar ya que es un imposible con tanta humanización y porque cuando tienes tres previs a la misma hora, no te andas con miramientos. El coche se ha convertido en nuestra segunda casa. Así también tenemos más probabilidades de sufrir accidentes.














Tenemos que disimular o escondernos casi como delincuentes en lugares en los que nos prohíben injustamente hacer nuestro trabajo.
Somos demandados por cualquier foto inocente y sin mala intención. O somos insultados e increpados por gente sin ninguna educación.


Arriesgamos muchas veces nuestra integridad física, por conseguir la FOTO, sabiendo que rara vez te reconocerán el esfuerzo. Estas fotos que les hice a unos compañeros (y además amigos) en plena faena son un pequeño ejemplo de lo que digo. Subimos pertrechados hasta los dientes (entiéndase, cargados como mulas, de ahí nuestro perpetuo dolor de espalda) a cualquier sitio (farolas, andamios, tejados, grúas,...) para buscar la mejor posición. Se diría que no tenemos mal de altura. Nos metemos en el centro de todos los conflictos y chupamos de unos y de otros. Nos mojamos y pasamos frío o calor en las eternas esperas en juzgados haciendo guardia, en entrenamientos y partidos, y otros eventos.


Y a pesar de todo ello, sobrevivimos o lo intentamos, con la esperanza de no perder la ilusión de hacer una buena foto o reportaje, porque si eso ocurre, amigo, estás acabado. ¡CAPUT!
Una de las desgracias más grandes que les puede pasar a unos padres es que a su hijo se le ocurra ser reportero gráfico. Por eso, chaval, sin una firme vocación, muy mal lo vas a pasar, y aún así, piénsatelo dos veces. Si quieres ganar pasta, y no pegarte madrugones ni acostarte a la tantas, ya sabes, dedícate a hacer bodas en verano y así poder pasar el invierno. Otra opción es presentarte a todos los concursos fotográficos del planeta, y ganar uno de prestigio. Te harás medianamente conocido, pero aún así tendrás que demostrar cada día tu valía.

Quien ha vivido todo esto, o lo está viviendo en parte o totalmente, sabe bien de lo que hablo. Y a pesar de ello, seguimos ahí, al pie del cañón, día tras día, porque en definitiva AMAMOS nuestro trabajo.

Otro día hablaré de las cosas buenas, que compensan todo lo malo. Entre ellas está que la mayoría de los redactores y algunos jefes cercanos, además de todos los compañeros de fatigas, te apoyan, te ayudan y te comprenden. Personalmente algunas de las personas que más quiero están entre ellos. Y para mí, sin lugar a dudas, es el mejor trabajo del mundo.

Por eso, Mamá, tranqui, no te preocupes por mí. Ya sabes que a veces exagero...